Inteligencia emocional.

Hace años que la inteligencia emocional se puso de moda y estaba en boca de todo el mundo. Es las escuelas y colegios se empezó a hablar de ello, se popularizó que era algo muy importante y que debería haber, incluso, una asignatura destinada a trabajarla en el aula.

Sin embargo, parece que se esa burbuja se desinfló, se dotó a la biblioteca del aula de algunos cuentos que hablaban de emociones y empezó a desprestigiarse el término. Ahora se asocia demasiado a Mr. Wonderful o casi, casi, se ha puesto al mismo nivel que las pseudociencias como la homeopatía o el reiki, debido en parte también al uso que se ha hecho desde el coaching…

Y, siempre bajo mi punto de vista y mi experiencia, la inteligencia es mucho más que eso, la inteligencia emocional sí es necesaria, necesario entender qué es, cómo podemos transmitirla a los demás y comprender los beneficios que nos puede llegar a aportar.

La inteligencia emocional (podríamos hablar sobre lo acertado o no del término, hasta ahí de acuerdo) supone, en primer lugar, conocer qué son los sentimientos y las emociones, ponerles nombre (parte fundamental en la educación infantil) y entender el origen de lo que estamos sintiendo, el por qué, para poder actuar en consecuencia y analizar y gestionar qué hacemos con éso que estamos sintiendo.

Hay una corriente que se niega a hablar de gestión de emociones, porque el término no les parece adecuado, pero no es más que organizar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y ver qué hacemos con ellos. Una gestión, una toma de decisiones consciente, un reflexión y actuación posterior en consecuencia.

Entender el origen de lo que nos pasa es un punto de vital importancia para poder tomar decisiones a partir de ahí. Entender nuestros malestares, nuestras alegrías, nuestras inquietudes o ansiedades.

Por supuesto, sucede algo con la inteligencia emocional y es que no está exenta de prejuicios, como todo lo que nos rodea en la sociedad en la que estamos. Una correcta aplicación de la inteligencia emocional para poder entender que no todos los seres humanos son vistos igual y que no a todas las personas se les permite expresar (incluso sentir) de la misma forma.

Según el psicólogo Paul Ekman, las expresiones faciales de las emociones básicas son universales en todas las culturas, es decir, que una sonrisa significa lo mismo en cualquier parte del mundo, que si nos enfadamos, ponemos la misma cara en cualquier parte del mundo… afirmando que las expresiones faciales tienen un origen biológico. Ekman también decía que se podía detectar la mentira mirando a la cara, pero la mayoría de los investigadores parecen no estar de acuerdo con ello. Podemos hacer la prueba, ¿se le nota a Avilés cuando miente? Quizás sea también interesante leer a Margaret Mead, que ahonda en los aspectos culturales y reconoce que no todos lo valores son universales; para ella la diversidad cultural era un recurso y no un inconveniente.

Explico ésto por una razón.

Puede que haya expresiones faciales comunes a toda la humanidad, pero nuestros propios sesgos y nuestros propios prejuicios hacen que seamos incapaces de valorarlos de la misma forma.

En este estudio nos explican que las personas blancas, al considerar a las personas negras un exogrupo ,es decir, la otredad, distintos, no les miran a los ojos y no son capaces de diferenciar bien si su sonrisa en falsa o sincera. En una palabra, racismo.

Según Ekman, existen unas llamadas «Reglas de manifestación» y de esta forma se llega a un consenso social sobre qué emociones pueden ser expresadas y cuándo. Ekman dice que varían en las distintas culturas, pero yo voy un paso más: dentro de la misma cultura, hoy mismo, pensemos: ¿Está «permitido» que una mujer se exprese en los mismos términos que un hombre?, ¿y las personas negras?, ¿y otras personas racializadas?, ¿está «permitido» que las personas LGTBI+ se expresen igual que las personas cis hetero normativas?, ¿y las personas con algún diagnóstico o con diversidad funcional?, ¿y los niños, niñas, niñes…?

Las mujeres y los hombres gays, si se expresan demasiado… locas.

Las personas negras… violentas.

Las personas con diversidad funcional quedan automáticamente desacreditadas porque por lo visto son menores de edad eternamente y ya sabemos que los menores de edad… no saben lo que dicen.

¿Por qué es tan importante conocer todo ésto a la hora de hablar de inteligencia emocional?

Porque todo lo que visibilice nuestros prejuicios nos hará comprender mejor a la gente que nos rodea, nos hará ser mejores personas y poder tratar mejor a la gente con la convivimos a diario.

Porque, en el aula, conocer nuestros propios sesgos nos puede hacer entender mejor a ese alumno, alumna o alumne que estamos juzgando de forma equivocada.

La inteligencia emocional nos ayuda a construir nuestra propia personalidad y a tejer mejores relaciones sociales, y esa diversidad cultural de la que habla Margaret Mead nos puede servir de facilitador o de obstáculo, nosotres decidimos qué hacer.

La inteligencia emocional no son frases de Mr. Wonderful en una taza, es comprender nuestro alrededor y nuestro interior, y a partir de ahí, saber cómo actuar, qué decisiones tomar.

Tenemos el curso que viene una tarea muy difícil en las aulas: las distancia física de seguridad, las mascarillas… nos van a obligar a cambiar nuestra forma de relacionarnos con el alumnado y con nuestro claustro, y de la misma forma pasará entre el alumando. Es nuestra tarea reforzar la inteligencia emocional para que sigamos siendo redes, tejido social, sigamos sintiendo que nuestra aula es un espacio seguro (al menos emocionalmente) y que compartamos la idea de poner los cuidados en el centro. Que la salud física no eclipse, como viene siendo habitual, la salud mental y/o emocional.

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