Cero, señoras y señores, es una edad.

Rescato la entrada que escribí para Cero6 sobre la educación infantil…esa gran desconocida.

Cero, señoras y señores, es una edad.

He visto un montón de monólogos, y aunque es cierto que ya me tienen saturada, tengo pendiente uno. El que hagan de la educación infantil y sus profesionales.
Si lo hay, ruego mil disculpas, porque no lo he visto pero me he imaginado mil veces a Eva Hache o a Dani Rovira empezando el monólogo…

…buenas noches, disculpen que venga así, vestido/a arreglá pero informal, con este pseudo chándal lleno de puré, purpurina y con cierto tufillo a…caca. Pero es que trabajo en una escuela infantil.
Y ustedes dirán: “ya, ¿y eso te da derecho a llevar semejante cantidad de mierda encima?” Pues oiga, derecho no sé, pero no hay día que no vaya a casa con la necesidad imperante de ducharme y sacar de mi cuerpo toda la pintura de dedos y la papilla del mundo.

Las escuelas infantiles, son un mundo desconocido para el público en general. Sabemos más cómo funciona el mundo del show bussines o casi somos más capaces de crear una sociedad “offshore” en Panamá, que de entender, si no trabajas allí, cómo funciona una escuela infantil.

Abre pronto. Muy pronto. Y allí llora todo el mundo, hasta la educadora que da desayunos a los pequeñajos. Recordar la edad del alumnado no viene nunca mal: 0-3. Cero, señoras y señores, es una edad. La edad de llorar por absolutamente todo y de escupir la comida  o de hacer caca en cantidades industriales.

Por la mañana se hacen actividades, y aunque el resultado final sea un trozo de arcilla con forma de truño, y las familias, cuando lo ven ponen cara de felicidad extrema, en realidad están pensando, disimuladamente, dónde narices van a colocar otro “trasto” más. Cualquier actividad, por simple que parezca, se ha pensado y programado por y para cada uno de los niños y niñas de la clase, para que desarrollen todo su potencial. Luego si en el instituto se tuercen, ya no es culpa nuestra. Las bases están bien. Materiales de primera calidad.

El recreo es una fiesta: pon abrigos, gorros, guantes, saca juguetes…y pide por favor al universo que no se hagan caca…En el patio te conviertes en una suerte de máquina que limpia mocos, ata cordones (amarás el velcro sobre todas las cosas), separa peleas, quita arena del pelo, inventa canciones…es agotador, pero si creen ustedes que eso es lo peor…

Llegan los cambios, ¿cambios de qué? ¿de jugadores? Si! ya! de pañales!!! uno por uno y una por una, todos/as y cada uno/a de los pequeñajos han de pasar por un cambiador a la altura del lavabo, para que, en el menor tiempo posible, les cambies el pañal, le quites la arena de los zapatos, les laves las manos para comer, interactúes con ellos/as y les des todo tu amor…todo esto levantando bichejos que algunos pesan como un oso pardo.

Si, te dejas las espalda, pero no se preocupen, porque tenemos charlas de prevención de accidentes que te dicen cómo tienes que levantarlos. Son super explícitos porque el dibujo es un señor levantando una caja.

Es guay, sólo era doblando las rodillas. De si se mueve el niño, y de la cantidad de repeticiones no dicen nada…pero eh!, qué más dá! La guarde es super guay y super chuli. Y con esas sillas y mesas tan bonitas y tan minis…¿¿qué puede salir mal??

Por cierto, cada vez que alguien dice guardería en lugar de escuela infantil, un cuento de El pollito Pepe se prende fuego a lo bonzo.

Las comidas son la segunda fiesta: miles de niños/as llorando. Si, parecen miles. Unos/as lloran por hambre, y los/as otros/as porque no les gusta…pero apáñatelas porque todos tienen que estar comidos, aseados y dormidos en unas dos horas. La sobremesa se deja ya para secundaria.

Por la tarde vienen las familias, que son un amor, pero que a veces te dicen cada cosa…”¿¿qué llevas pintado en la mano?? ¿¿se quita??” claro mamá!! es rotulador, no tinta y una aguja!! qué miedo tienen las familias a que les hagamos un tatuaje de marinero a lo “amor de madre”…

En el mejor de los días, todo va bien, pero hay días terroríficos en los que…sí, amigos/as, sus hijos e hijas muerden, pegan y arañan. Y entonces hay que montar un protocolo de urgencia, con equipo de negociación, para evitar que estalle una guerra civil…

Llega la hora de irse a casa y tú sales sucia, con unos pelos del infierno y con un cansancio encima que no puedes ni pensar. Bueno miento. Pensamos sólo una cosa: “tengo el mejor trabajo del mundo”.

*Este post está hecho con todo el amor del mundo a las educadoras y a las familias que hacen posible que trabajar en escuelas infantiles sea uno de los mejores trabajos ( y peor remunerados y reconocidos) del mundo.

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