La chispa de los libros.

Hace algún tiempo de esta historia.

Es la historia de una niña.

Una niña pequeña que empezaba a dar sus primeros pasos en la vida pero sin mucha fortuna en el arte de hacer amigos. Era una niña solitaria, seria, un alma vieja llegaron a afirmar algunos.

Cuando tenía tres años aproximadamente, comenzaba un caluroso verano que no prometía nada emocionante. Su hermano y ella pasarían las tardes juntos, como venían haciendo durante el invierno, el otoño…y la primavera. Ya podían cambiar de hojas los árboles de la calle que ellos seguían en casa. Sin embargo el hermano, unos años mayor que ella, guardaba un secreto.

Un maravilloso secreto del que la niña no tardaría en formar parte.

Su hermano, todas las tardes sin excepción, se iba un par de horas y luego volvía. Volvía contento, con la mirada serena, como si hubiera estado en un lugar maravilloso que la niña se moría por descubrir. Ella lo veía alejarse por la ventana, calle abajo, con unos cuantos libros bajo el brazo. Al cabo de las horas, él volvía, satisfecho, tranquilo, con otros libros bajo el brazo. El hermano contaba a la niña sus pequeños grandes descubrimientos: lugares lejanos, animales exóticos, historias fantásticas…y ella escuchaba embelesada deseando poder ir algún día a ese lugar tan increíble al que viajaba su hermano cada tarde.

Un día, llegó el momento que la niña estaba esperando ansiosamente. El hermano la cogió de la mano y por primera vez ella no lo vio alejarse calle abajo por la ventana… ¡ella iba con él calle abajo!

No tardaron mucho en llegar.

Un edificio que a los ojos de ella se tornaba impresionante, grande y majestuoso, abría una puerta de madera, daba lugar a un pórtico frío con olor a humedad y a antiguo…y llegaban a una vieja puerta chirriante… (la de veces que oiría ese detestable y a la vez maravilloso sonido en su infancia). Allí estaba ella: con la boca abierta y los ojos aún más: interminables librerías se apostaban a los lados de la gran sala. Dos estancias llenas de libros de todo tipo estaban ahí, esperando a ser leídos por los curiosos ojos de la pequeña.

Fue a abrir la boca pero oyó: Shhh.

Ella buscó de dónde provenía esa tajante orden.

Un hombre con barba miraba a través del humo de su cigarro.

Nadie en el mundo se habría atrevido a hablar.

La biblioteca era un lugar sagrado y su guardián cumplía a la perfección el papel de guardia custodio. Su mirada penetrante infundía respeto, respeto a la sala, a los libros… La pequeña supo dos cosas desde entonces: que lo que guardaban los libros era algo maravilloso si quien los cuidaba era ese hombre, y que nunca olvidaría esa cara, por mucho que pasaran los años.

El hermano la condujo hacia el mostrador del guardián de los libros y le dijo que su hermana pequeña también quería tener su carné. Ella no sabía a qué carné se refería, hasta que el hombre de la barba le pidió sus datos. Nombre y apellidos ¡Para una niña de tres años aquel trámite le pareció algo importantísimo! Por último, una firma. ¿Una firma? Ella nunca había firmado nada, había visto a los mayores hacer eso, pero nunca imaginó que también tendría que hacerlo. Una vez estuvo completado el trámite, una extraña sensación le invadió, sintió una emoción especial.

A partir de ese día, sabía que ya no se volvería a sentir sola.

Todos los libros que allí había, serían sus grandes compañeros de aventuras. Aquel guardián de la biblioteca los custodiaba tan bien, hacía de ése, un sitio tan mágico… Los sentidos despertaban cada vez que la niña iba a la biblioteca, el tacto de todos esos libros en sus manos, el sabor agridulce del entregar un libro ya terminado, el oído del chirrido de la puerta y los susurros de la gente que iba y venía, la vista se quedaba corta ante tanto libro… y el olor inconfundible del guardián al ir a por el préstamo, el humo del cigarro apoyado en el cenicero donde ya descansaban más pitillos apurados, las fichas amarillas donde ponían el nombre de los que ya habían disfrutado anteriormente de ese pequeño tesoro de páginas encuadernadas que te llevabas… fue en esa biblioteca donde esa pequeña niña aprendió a querer y respetar a los libros. Fue con ese guardián de biblioteca con quien entendió lo que significaban e importaban los libros.

Debió haber sido él un personaje de Carlos Ruiz Zafón en aquella biblioteca mágica.

Es de él de quien se acuerda esa niña a cada biblioteca que va… es él quien descubre y enciende la chispa de los libros. Esa biblioteca no era tan grande ni había tantos libros como en los recuerdos de una niña de tres años, pero esa biblioteca sigue teniendo “chispa”.

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