Después del acoso escolar… ¿ y ahora qué?

Ya sabemos qué es el acoso escolar. Ya sabemos quiénes participan en él. Ya sabemos las consecuencias del bullying en cada participante… pero nos encontramos con un caso. En el aula, en casa…resulta que nuestro hijo o nuestra hija ha sido víctima de acoso escolar. Resulta que nuestro alumno o alumna es quien agrede.

En ese momento, después de todas las preguntas, de todos los «cómos» y «por qués», tenemos que bajar a la Tierra y trazar un plan de actuación que en los colegios, no hay. O no en la mayoría.

Porque un caso de acoso escolar no se arregla con una charla entre las personas implicadas y una semana sin recreo. (Ya, ni el acoso ni ningún problema, pero pasa y lo sabéis).

¿Estamos preparados, como docentes, a enfrentarnos a todo ese trabajo? ¿Cuándo se puede hacer? ¿Dónde? Son tantas las preguntas y tan pocas las respuestas que no sabemos ni por dónde empezar.
Está claro que ese trabajo necesita de profesionales cualificados, la víctima tendrá que recomponer su autoestima, que volver a quererse y a valorarse, a confiar en al gente y a seguir, en definitiva, adelante.

Pero quien agrede también. Ese niño o esa niña tiene que llevar a cabo un proceso de re-educación enorme.Todo el sistema de valores en el que creía y que le funcionaba ha caído como un castillo de naipes y tendrá que volver a levantar uno… pero completamente distinto.

Esos naipes serán distintos, no podrá seguir consiguiendo lo que quiere por la fuerza, ni ridiculizando, ni agrediendo, ni demostrando su poder a costa del sufrimiento de los demás. Tendrá además que entender que ser diferente no es una razón para agredir, que no debe temer a quien sea distinto….se trata de un reajuste de su forma de actuar con los demás que lleva tiempo.

Aunque toda esa terapia deba ser hecha por profesionales, como docentes, somos responsables también de cómo se relacionan dentro del aula. Incluso en el caso de que una de las dos partes ( víctima o agresor/a) se cambie de colegio ( aunque no es ni mucho menos lo deseable, suele cambiarse a la víctima de centro), en el aula donde ha tenido lugar el acoso escolar, hay que llevar a cabo también un cambio de dinámica de grupo: hasta entonces, había una persona que agredía, que marcaba las relaciones, y ahora, todo eso tiene que cambiar, las relaciones han de ser equitativas, justas, de confianza y de buen trato. Deben volver a confiar entre compañeros/as y quien fue víctima, tiene que encontrar su sitio sin ser la víctima nunca más, pero quien agredió, también debe volver sin ser el/la agresor/a nunca más.

Quizás dicho así suene demasiado ingenuo, hay heridas que tardan mucho en sanar, pero si se curan, se tarda menos y, al final, cicatrizan.  Como dice la canción Justo, de Rozalén, «…si no curas la herida duele, supura, no guarda paz… «.

Yo no digo que sea fácil, que se tarde poco o que después vayan a ser mejores amigos/as, pero sería bueno alcanzar un nivel de relación en el que todos y todas llegaran a sentirse cómodos/as. De otra forma, las soluciones enquistan el problema y no favorecen la recuperación de ninguna de las partes: cambios de centro, rencores, repetición de patrones de conducta… es doloroso para las víctimas, sobre todo al principio, pero a la larga, será lo mejor.

Por supuesto que no deja de ser complicado para el profesorado, que bastante tenemos con lo que tenemos…pero es necesario.

Por la dificultad que supone la re-educación, confío firmemente en la educación preventiva, en sentar las bases de la convivencia mucho antes, desde la cuna de casa, donde las familias empiezan a marcar la manera en la que vamos a relacionarnos con los demás. Desde educación infantil, desde esas escuelas infantiles donde los niños y niñas empiezan a socializar con sus compañeros y compañeras con los que seguirán, en ocasiones, hasta la adolescencia.

Desde todos los ámbitos para que cuando crezcan sean todo lo tolerantes que puede que no sepamos ser ahora.

Con ese propósito nació Fénix, para acompañarnos desde la infancia y ahorrarnos sufrimiento.

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